Antes de irme a dormir, para relajarme y quitarme el stress y los nervios del día, siempre me gusta dedicar 5 minutos a meditar; lo recomiendo a todo el mundo porque consigues dormir profundamente y levantarte al día siguiente con la mente súper despejada.

Es muy sencillo lo que hago:

– Suelo meditar en mi habitación; cada uno debe buscar un lugar tranquilo y acogedor para poder hacerlo. A veces, aunque no siempre, pongo una luz tenue y una música suave para concentrarme en dejar la mente en blanco; otras, simplemente apago la luz y me dejo llevar por la oscuridad.

– Me siento al borde de la cama, en una posición cómoda (no hace falta hacer ninguna postura rara); alguna vez me he sentado en el suelo, con la espalda recta pero sin tensionar mis músculos, con los hombros y los brazos relajados, y cierro los ojos. Tan sólo me concentro en mi respiración, inspirar, exhalar, inspirar, exhalar, hasta que cualquier pensamiento o distracción va desapareciendo.

Meditar va de eso: la práctica de reconducir una y otra vez el hilo mental hacia donde yo quiero que esté, no dejarme distraer por nada, no tener ningún pensamiento, relajarme sin más.

Creo que anoche debí meditar muy bien, porque me dormí enseguida y tuve un sueño muy peculiar que quiero contaros ya que está muy relacionado con la meditación, tema sobre el que hoy os hablo; en mi sueño iba caminando por Londres. Mis ropas no eran las que suelo llevar habitualmente, más bien diría que eran de la época de la Inglaterra victoriana del siglo XIX; charlaba amigablemente con un caballero científico que me explicaba que había construido un vehículo para transportarlo en el tiempo. Yo no daba crédito a sus palabras y le pedí, por favor, que me enseñase tan singular artilugio y me dejara probarlo; así que fuimos a su estudio y allí la vi, aquella máquina del tiempo que me cautivó desde el primer momento. Creo que por haberme dormido mientras meditaba, en el sueño que estaba teniendo le pedí a mi amigo que moviera las palancas de la máquina del tiempo y me llevara, en primer lugar, a la India del año 1500 AC, ya que según leí hace tiempo algunos de los primeros registros escritos sobre la meditación provenían de esa época y de ese lugar, en concreto del Vedantismo. Pero quería recorrer todas las fechas significativas relacionadas con la meditación, algo que siempre me ha atraído desde muy jovencita.

Hizo mover una palanca, marcó el año 1500 AC, nos acomodamos en los dos asientos de los que disponía la máquina y, antes de apretar el botón de partida, me advirtió algo muy serio: “cuando lleguemos al lugar y a la época indicados, no deberás abandonar para nada la máquina del tiempo, ni hablar ni relacionarte con nadie. Eso podría cambiar el rumbo de las cosas, el destino y hacer que, por ejemplo, tú y yo no lleguemos a nacer”. Me dieron tanto miedo sus palabras que le tranquilicé diciéndole que sólo observaría, nada más.

Llegamos a un lugar parecido a un templo, donde un maestro daba una lección a sus alumnos y contaba algo así como: “queridos alumnos; habéis de saber que numerosos arqueólogos encontraron en la India figuras y grabados que databan del año 3000 antes de Cristo; se trataba de figuras sentadas en la clásica postura de meditación (flor de loto), por lo que se cree que la meditación tiene al menos 5 mil años de antigüedad. Sois afortunados de poder seguir practicando esta actividad que se remonta tan atrás…”.

Quería saber más, así que le pedí a mi amigo que pusiera rumbo a los siglos sexto y quinto antes de Cristo, donde se desarrollaron otras formas de meditación en la China Taoista y la India Budista; llegamos a una biblioteca y tuve la enorme suerte de poder leer la fórmula para la salvación siguiendo cuatro reglas básicas: “observancia de las reglas de la moralidad, concentración contemplativa, el conocimiento y la liberación”. No podía creerme que todo esto estuviese sucediendo aquí y ahora; comenzaba a entender la importancia de la meditación y los beneficios que para el ser humano suponía.

Nuestra última parada fue el siglo XVIII, justo un siglo anterior al que vivía mi amigo y, supuestamente, yo también. La razón de pararnos en este siglo fue porque el estudio del budismo en Occidente fue un tema muy importante, sobre todo para los intelectuales de la época. Los filósofos Schopenhauer y Voltaire hablaron sobre el budismo y pidieron tolerancia hacia los budistas.

Una vez acabamos nuestro viaje sobre la historia de la meditación, volvimos a casa. Estaba plenamente convencida de los grandes beneficios de la misma en situaciones de estrés, para aprender a relajarte, así como para conseguir una mejora personal general. Estaba a punto de pedirle a mi amigo que fuéramos a investigar más sobre el tema cuando, de repente, “pi pi pi pi pi”, sonó el despertador y el científico, la máquina del tiempo y el viaje para descubrir más acerca de la meditación desaparecieron…

Hoy he comenzado el día con una energía y una vitalidad increíbles, así que esta noche seguro que vuelvo a meditar (y lo mismo hasta me monto de nuevo en la máquina del tiempo :D). Probadlo alguna vez, seguro que no os arrepentís 😉

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Marta Rosado